Cronofagia

29 February, 2020

La comida y el comer son indicadores de la manera en que se conforma y estructura un individuo, desde el grupo social al que pertenece, hasta los terrenos más íntimos e inconscientes del ser. Intrínsecamente ligada a las emociones, la memoria gustativa funciona de forma asociativa y a largo plazo: el acto involuntario de memoria ocurre cuando nos exponemos a un olor o un sabor particular que nos transporta a experiencias pasadas, que creíamos incluso olvidadas, y que sin embargo participan en la construcción de rasgos psicológicos determinantes. La comida se convierte entonces en el símbolo de experiencias familiares que remiten a la infancia, rememora relaciones y encuentros, reaviva momentos traumáticos, amargos o conmovedores, e incluso fortalece sentimientos de pertenencia en cuanto a orígenes y etnicidades. De ella surge un diálogo interior que nos permite revivir – o por qué no, replantearnos- el pasado, al mismo tiempo que entendemos nuestro presente al hacer del comer un acto plenamente consciente. A escala colectiva los alimentos representan el nexo principal del humano con su entorno y fungen como contenedores de significado que conforman un sistema de comunicación capaz de expresar la imaginación colectiva. El acto de comer conlleva, como lo sugiere Roland Barthes, “un cuerpo de imágenes, un protocolo de usos, de situaciones y de conductas” que se declinan así en las maneras en que interactuamos como parte de un grupo, como en el medio a través del cual expresamos nuestros valores, gustos, rechazos, afinidades y aspiraciones. “El alimento tiene a cargo significar la situación donde se usa” pero también “tiende sin cesar a transformarse en situación”.

A modo de invitación a un viaje en el tiempo que solicita todos nuestros sentidos, Cronofagia pretende provocar experiencias inducidas de memoria involuntaria en aquellxs que la perciben y que la consumen. Mientras que las pinturas de Circe Irasema y la cocina textil de Ylia Bravo Varela nos hacen recordar con una nostalgia reconfortante los dulces y garnachas que disfrutábamos en la infancia, unas veces como recompensa, otras a espaldas de la figura de autoridad, Beth Barbosa estrecha lazos afectivos y entretiene una relación pacífica con el pasado a través de archivos familiares, recetas, y en este caso, un pastel. Por su lado, los bodegones de Paulina Lozano nos traen de vuelta al presente al hacer visible lo que a veces queda velado por lo cercano y lo cotidiano: de ellos surgen series de reminiscencias urbanas fugaces que a todos nos resultarán familiares. Otro registro de familiaridad se plantea en la escultura de Chavis Mármol, quien tropicaliza con frutos provenientes del mercado antiguas visiones de ready-made, transportándonos hacia momentos fundadores de la historia reciente del arte, y reviviendo una forma de memoria colectiva. La pintura de Irving Cruz funciona como una pócima que encerraría el poder de provocar visiones vaporosas y nauseabundas, acudiendo a elementos de un imaginario onírico cruel, carroñero e inquietantemente actual. Finalmente, el dúo Ingesta Corp propone una arqueología simbólica por medio de una invocación caramelizada de Ehécatl-Quetzalcóatl, dios del viento: al exhumar ritos teofágicos prehispánicos, nos permiten acceder a una dimensión ancestral de la memoria histórica común. Este conjunto de piezas nos incita a reconocernos en las remembranzas ajenas, a generar experiencias compartidas y a formular nuevos recuerdos gustativos, visuales e interpersonales.

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